¿La música puede afectar a los animales?
Lo que descubrí tocando el violín con mi gata
Un experimento en casa, sin teorías raras y con muchas notas… y maullidos.
Empezamos sin drama
Esto empezó como una tontería: yo practicando con el violín en casa… y mi gata Mery reaccionando como si estuviera opinando sobre cada nota.
Lo curioso es que no reaccionaba igual con todo: a veces se acercaba, otras se iba, y otras… “cantaba” (sí, maullidos incluidos).
Lo que empecé a notar
No era cuestión de “le gusta” o “no le gusta”. Era algo más fino.
- Cuando tocaba suave, con patrón repetitivo, Mery se quedaba. Orejas hacia delante. Mirada fija.
- Cuando subía intensidad o tocaba notas más agudas y tensas, su postura cambiaba.
- No siempre se iba… pero comunicaba. Y eso cambia la interpretación.
La crítica musical entra en escena
Si lo pienso ahora, parecía literalmente eso: yo ensayando para un “concierto importante” y la crítica sentada evaluando cada nota.
No reaccionaba por capricho. Reaccionaba a cosas muy concretas:
- Volumen
- Repetición
- Cambios bruscos
- Frecuencias más agudas
El mini “experimento”
Decidí probar algo simple: el mismo fragmento musical, distintas intensidades.
- Volumen bajo → Mery tranquila.
- Volumen medio → atención activa.
- Volumen alto con agudos → maullido sostenido.
Se quedaba y respondía. Eso es comunicación.
Cómo “ve” la música un gato
Ellos no escuchan como nosotros. No interpretan armonía o intención artística.
Más bien perciben:
- Vibración
- Frecuencia
- Intensidad
- Estabilidad
No es cuestión de que “les guste”. Es cuestión de cómo lo sienten en su cuerpo.
Lo más importante que aprendí
El problema no era la música. Era cómo entraba en la habitación.
Cuando tocaba con intención tranquila, sin tensión corporal, ella se relajaba. Cuando yo estaba más rígido o atacaba fuerte el arco, reaccionaba antes incluso del volumen.